sábado, 10 de diciembre de 2011

ANCASHINOS EN LA BATALLA DE AYACUCHO

Un día como hoy 9 de diciembre de 1824 se cerró una página gloriosa en la historia americana. En las pampas de Ayacucho se sellaba la derrota del ejército español dirigido por el General Canterác, desde ese entonces nada sería igual en nuestro suelo. El Perú ya podía iniciar su largo peregrinar por los caminos de su nueva vida republicana.
Antes de analizar lo que hasta aquí contiene dos grandes falacias, veamos el papel que cupo desempeñar en este período glorioso a nuestros antepasados, soldados de la libertad y la independencia.
Hace quince días, en esta sección hablábamos alborozados de la gloriosa proclamación de la independencia en Huaraz, ocurrida el 29 de noviembre de 1820. Bien, entre este acontecimiento y el que hoy nos ocupa habían transcurrido casi cuatro años. ¿Qué sucedió en ese lapso? Muchas cosas interesantes. A nivel nacional, se vivió el alejamiento del general don José de San Martín y la llegada del general don Simón Bolívar, con todo lo que eso implicaba; a nivel local tuvimos la instauración del nuevo gobierno con el general Toribio de Luzuriaga primero, Rivadaneyra y otros después, que prepararon el terreno para abonar la semilla independentista en nuestro suelo.
No olvidemos que Ancash, que por entonces se llamaba departamento de Huaylas, ya había contribuido largamente con la causa patriota por lo que su capital Huaraz, a nombre de todo el departamento se había ganado el título de "La Muy Generosa Ciudad" un 18 de enero de 1823.


General Antonio José de Sucre, vivió en Huaraz en la calle que hasta antes del sismo llevaba su nombre.

Sacando lustre al título, nuestro departamento fue escogido por el alto mando patriota para ser el lugar de entrenamiento del nuevo Ejército Libertador. Es más, en la estrategia militar, se consideraba la posible presencia de las fuerzas realistas y ante tal eventualidad, el general Antonio José de Sucre dispuso la política de "tierra arrasada" en la región, por lo que según carta de junio de 1823 "se debían recoger todas las cosechas y ganados de la zona y trasladarlos al norte para que cuando el enemigo llegue no encuentre cómo abastecerse". Cumpliendo tan draconiana orden, nuestros ancestros con mucho estoicismo se avinieron a acatar la orden.
Cuando se dispuso el enrolamiento de tropas nacionales para reforzar a los batallones venezolanos y colombianos que trajo Bolívar, fueron nuestros antepasados, los ancashinos del siglo XIX quienes acudieron masivamente al llamado de la patria. Aquí tenemos una gran constatación histórica. El Ejército Libertador estaba formado mayoritariamente por soldados extranjeros (venezolanos, colombianos, ecuatorianos y algunos argentinos), peruanos éramos los ancashinos y alguno que otro limeño o trujillano; mientras que el Ejército Realista, tenía sólo jefes españoles, la tropa estaba constituida en su inmensa mayoría por soldados peruanos, cusqueños, ayacuchanos, huancainos y cerreños.
Por cierto, el alto mando español jamás consideró la posibilidad de venir hasta Huaylas, hoy Ancash, a enfrentar a las tropas de Bolívar. Tenía la seguridad de conocer mejor el terreno en el centro del país y sabía muy bien de la adhesión de los huaylinos a la causa libertaria.
Es en este contexto que se desarrolla la Batalla de Ayacucho. Cansado Bolívar de esperar a los españoles en nuestro suelo, decidió dejar la región a mediados de junio de 1824. En agosto se produjo la primera escaramuza en Junín, donde la caballería patriota hizo sufrir la primera derrota a los centauros españoles, y cuatro meses después se encontraron ambos ejércitos en la Pampa de la Quinua.
El resultado de la batalla favoreció a la causa patriota. Por los textos sabemos de memoria la arenga de Sucre: "¡Soldados!, de los esfuerzos de hoy depende la suerte de América del Sur; otro día de gloria va a coronar vuestra admirable constancia. ¡Soldados!: ¡Viva el Libertador! ¡Viva Bolívar, Salvador del Perú!." y el nombre de los generales Córdova, La Mar y Lara, pero nada se dice de las tropas peruanas, y sólo se habla de la participación de los Morochucos como guerrilleros. Y hoy nos toca reivindicar a esos patriotas ancashinos que se la jugaron por el Perú en aquella decisiva jornada del 9 de diciembre.

Los ancashinos eran mayoría dentro del ejército patriota

Al final de la batalla, entre los prisioneros del ejército vencido se contaron cerca a quinientos oficiales y soldados de origen español y a mil setecientos peruanos que lucharon junto a ellos.
En el ejército nacional, los huaylinos vencedores se hallaban en la "Legión Peruana" a las órdenes del general quiteño don José de La Mar, que a la postre llegaría a ser presidente del Perú.
Para mayor constancia de la presencia de nuestros paisanos en los campos de Ayacucho, tenemos la magnífica pintura en la que se ve a los altos mandos de los ejércitos firmando la hoy famosa "Capitulación de Ayacucho" sobre un poncho chiquiano extendido en una rústica mesa. Ese es el mejor testimonio a la decisiva presencia de nuestros anónimos antepasados que se cubrieron de gloria en aquella épica jornada.

En el óleo del Museo del Banco Central de Reserva se observa el clásico poncho chiquiano

Ahora, volviendo a la realidad y luego de habernos dado un baño de peruanidad, discutamos las dos falacias del inicio de este artículo. La primera es sobre la derrota del ejército español; derrota que no fue tal, pues en la capitulación mencionada los gananciosos fueron ellos, no se les obligaba a pagar los gastos de guerra y se les reconocía derechos y propiedades, y más bien, el Perú se comprometía a pagarles para que dejen el país; así cualquiera se deja vencer. La segunda falacia es que con el triunfo de Ayacucho y el advenimiento de la república todo cambio en el Perú; en realidad nada cambió para el pueblo peruano que siguió siendo explotado por la oligarquía criolla. Para el campesinado, la cosa fue peor, en el virreynato se reconocían los derechos de las comunidades campesinas, cosa que la república abolió, y la gran esperanza de la restauración del Tahuantinsuyo fue simplemente eso, un mito, mito que mal que les pese a algunos trasnochados "historiadores", recién comenzó a hacerse realidad 150 años después, durante la dictadura militar de Velasco Alvarado y hoy puede convertirse en un "boomerang" para el gobierno de Ollanta Humala quien habiendo ofrecido la "inclusión social" ha abierto esa caja de Pandora que es la contenida esperanza milenaria del poblador andino.

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